Me dicen que llegar
a una estación de tren
cualquiera
es adentrarse ya
en el corazón
de una ciudad
cualquiera.
Que traen sus vías
vagones
cargados de médula y sangre
buscando su destino:
un impulso
en todas direcciones
que logra remover
a cada instante la vida
de las calles.
Que en una estación
de tren el frío
no es el frío
que nos acerca a veces
-sólo a veces-
a la idea de la muerte.
Que es ligero
el silencio
de uno mismo
en medio
de las voces lejanas de los otros,
mezcladas con el ruido
de miles avisos
programados,
desprovistos de vida
y de entusiasmo.
Que nunca allí
es un adiós
un adiós completo,
sino sólo un hasta pronto.
Afirman
que en una estación de tren
las cosas suceden
en un segundo,
como se sucede
un latido,
como sobreviene
un espasmo.
Cuántas ciudades habré visitado
-cuántas que apenas
ya recuerdo-
y no entré
en sus corazones.
No sé, yo no sé,
pero entonces guardé
en mis bolsillos solamente
sus piedras y sus bosques.
Quiero regresar
a todas las ciudades
que conozco
-y ya he olvidado-
llevando un billete
de tren usado
en mi chaqueta.
Ser la sangre
que desde su corazón
incendia
el pavimento de las calles
o las alas grises de ese pájaro
que busca en sus baldosas
algo de descanso.
Y que esa sangre
empape
mis bolsillos,
mis bolsillos ya vacíos
de piedras y de bosques.
© Juana Fuentes
jueves, 29 de mayo de 2014
domingo, 27 de abril de 2014
Breve Tratado sobre la culpa
A Blas de Otero
y Miguel Angel Rubio Sánchez
Podríamos hablar sobre la culpa.
Pero entonces debería confesarte algunas cosas:
que Apolo vino un día a exonerar mi alma
de todos sus espasmos causados por la culpa,
esa falacia que un dios inventó para despoblar
de pájaros mi bosque y convertirlo en un yermo paraje.
O incluso que compuse un catecismo
con todas las inevitables razones
por las que debía enjuagar mis pecados,
esos que el mismo dios concibió
para justificar su presencia
en aquel cielo descompuesto.
Y creí que en algún momento
dejaría de existir la congoja,
que me haría olvidar la dicha
el consuelo que ya sólo hallaba
al esconderme en las palabras.
Pero la vida se nutre de dolor.
Y seguiré siendo un ángel fieramente humano
que, sin pedirle cuentas a ese dios,
no dejará de lamentarse de lo caduco de la existencia.
Y de su decadencia y su pobreza.
Y así, un día podré expiar todas esas culpas imaginarias.
Ahora espero a que llegue otro tiempo
en que poder dibujar trazos con todos los destellos
que han de procurarme las cosas sencillas:
la luz, que en un instante es capaz
de coronar el cáliz de un árbol.
El gorjeo de un pájaro que recién
despierta a la vida. O el escueto rumor
de la lluvia.
Pero aún no es época de cosecha.
Y habré de vagar, mientras tanto,
como un espectro extraviado en el cerro de Dante,
donde las almas que lo habitan ignoran
que no reside allí la culpa.
En esa loma de fuego taimado, donde,
como más abajo, en la tierra,
sólo debe de existir la desolación
y la desdicha.
© Juana Fuentes
y Miguel Angel Rubio Sánchez
Podríamos hablar sobre la culpa.
Pero entonces debería confesarte algunas cosas:
que Apolo vino un día a exonerar mi alma
de todos sus espasmos causados por la culpa,
esa falacia que un dios inventó para despoblar
de pájaros mi bosque y convertirlo en un yermo paraje.
O incluso que compuse un catecismo
con todas las inevitables razones
por las que debía enjuagar mis pecados,
esos que el mismo dios concibió
para justificar su presencia
en aquel cielo descompuesto.
Y creí que en algún momento
dejaría de existir la congoja,
que me haría olvidar la dicha
el consuelo que ya sólo hallaba
al esconderme en las palabras.
Pero la vida se nutre de dolor.
Y seguiré siendo un ángel fieramente humano
que, sin pedirle cuentas a ese dios,
no dejará de lamentarse de lo caduco de la existencia.
Y de su decadencia y su pobreza.
Y así, un día podré expiar todas esas culpas imaginarias.
Ahora espero a que llegue otro tiempo
en que poder dibujar trazos con todos los destellos
que han de procurarme las cosas sencillas:
la luz, que en un instante es capaz
de coronar el cáliz de un árbol.
El gorjeo de un pájaro que recién
despierta a la vida. O el escueto rumor
de la lluvia.
Pero aún no es época de cosecha.
Y habré de vagar, mientras tanto,
como un espectro extraviado en el cerro de Dante,
donde las almas que lo habitan ignoran
que no reside allí la culpa.
En esa loma de fuego taimado, donde,
como más abajo, en la tierra,
sólo debe de existir la desolación
y la desdicha.
© Juana Fuentes
jueves, 27 de marzo de 2014
Tardes en Estocolmo
Intuyo acercarse tus pasos,
sordos, enmoquetados.
La agitación abrasa
mi rostro
y me retuerzo
como una sierpe,
esperando oír
el ruido
de unas llaves que pronto
abrirán esa puerta.
Debes de caminar despacio,
o es que ya pienso el tiempo
como existir
en un ingente mar salado
donde no es posible saber
hacia dónde encauzar mis brazos.
Ya estás aquí.
Huelo tu cercanía
y sé que te aproximas lentamente,
como si te regocijaras
demorando lo que va a suceder.
Oigo entonces el ruido ronco
de un objeto pesado
al caer sobre la mesilla.
Rozas, al fin, levemente
mis orejas y siento cálidas
tus manos en mi tez.
Pones fin
a mi oscuridad habitual
y ya puedo verte. Tus labios,
por fin, son míos. Y me entregas
también tus ojos dócilmente
antes de aliviar mis muñecas.
No sé cuánto tiempo transcurre.
Coges tu Glock de la mesilla
y la ajustas a tu cintura.
Vuelvo a sentir tus manos
en mi piel. Mis muñecas,
de nuevo capturadas.
Y esta oscuridad que regresa.
Una vez más te desvaneces.
Ignoro qué día es _hoy he olvidado
preguntártelo_ y cuántas veces
ha sucedido.
© Juana Fuentes
sordos, enmoquetados.
La agitación abrasa
mi rostro
y me retuerzo
como una sierpe,
esperando oír
el ruido
de unas llaves que pronto
abrirán esa puerta.
Debes de caminar despacio,
o es que ya pienso el tiempo
como existir
en un ingente mar salado
donde no es posible saber
hacia dónde encauzar mis brazos.
Ya estás aquí.
Huelo tu cercanía
y sé que te aproximas lentamente,
como si te regocijaras
demorando lo que va a suceder.
Oigo entonces el ruido ronco
de un objeto pesado
al caer sobre la mesilla.
Rozas, al fin, levemente
mis orejas y siento cálidas
tus manos en mi tez.
Pones fin
a mi oscuridad habitual
y ya puedo verte. Tus labios,
por fin, son míos. Y me entregas
también tus ojos dócilmente
antes de aliviar mis muñecas.
No sé cuánto tiempo transcurre.
Coges tu Glock de la mesilla
y la ajustas a tu cintura.
Vuelvo a sentir tus manos
en mi piel. Mis muñecas,
de nuevo capturadas.
Y esta oscuridad que regresa.
Una vez más te desvaneces.
Ignoro qué día es _hoy he olvidado
preguntártelo_ y cuántas veces
ha sucedido.
© Juana Fuentes
domingo, 23 de febrero de 2014
Creíste que podrías
Creíste que podrías llamar dicha
a aquella brizna de luz que robaste al invierno,
a aquel pálpito inconstante
que vino a quebrantar
el lento suceder
de tus horas oscuras,
a ese acaso que ya no esperabas.
Dejó de importarte la luna
y ya no querías mirarla
para saber si cada noche
estaba pálida
o lucía con rigidez
sus enlutadas galas.
Incluso soñar dormida comenzó a ser
un trámite sin importancia.
Y entonces rodeaste
con cintas blancas tus rodillas
para aprender a caminar de nuevo,
esperando, paciente, llegar a ser el poema
que te dijeron que eras,
el que un día ibas a leer en tus esponsales.
Pero todo se malgastó
a lo largo de ese trecho
que ya sabías borroso y vacilante.
Y se astillaron tus rodillas.
Y se desvanecieron las palabras.
Creíste que podrías.
Pero ahora no sé
si fuiste una metáfora
de alguien que hoy no conozco.
© Juana Fuentes
a aquella brizna de luz que robaste al invierno,
a aquel pálpito inconstante
que vino a quebrantar
el lento suceder
de tus horas oscuras,
a ese acaso que ya no esperabas.
Dejó de importarte la luna
y ya no querías mirarla
para saber si cada noche
estaba pálida
o lucía con rigidez
sus enlutadas galas.
Incluso soñar dormida comenzó a ser
un trámite sin importancia.
Y entonces rodeaste
con cintas blancas tus rodillas
para aprender a caminar de nuevo,
esperando, paciente, llegar a ser el poema
que te dijeron que eras,
el que un día ibas a leer en tus esponsales.
Pero todo se malgastó
a lo largo de ese trecho
que ya sabías borroso y vacilante.
Y se astillaron tus rodillas.
Y se desvanecieron las palabras.
Creíste que podrías.
Pero ahora no sé
si fuiste una metáfora
de alguien que hoy no conozco.
domingo, 16 de febrero de 2014
Poema de amor
En ocasiones se esponja mi pecho
sin que comprenda cuál es la razón
que me incita a sentir que se agranda,
como lo hacen las obleas compactas
al simple roce de un jugo caliente.
Podría tratarse de las retinas
de un extraño que me velan y acechan
desde una ventana distante, pues incluso
estando lejos, me harían notar
el calor de saberme cobijada
en un cuerpo que no le es invisible
al mundo.
O tal vez ayer diera una moneda
a un indigente despojado que vino
entonces a vestirme, agradecido,
con todas sus desnudas bendiciones.
En ocasiones no existe una causa atinada.
Pero cuando tú me ves con tus ojos,
con tu mueca limpia y sonriente bañas
en vino mi alma sedienta,
que se expande vertiendo sus cenizas
en medio de todos esos océanos
que aclaran la tierra. Y presiento que no tendré
que cruzarlos todos para saber
que, sin ti, existir también es posible.
Porque ahora me basta
con que seas el pretexto preciso
para que mi corazón se contraiga
empapado en nostalgia, en poesía
y, tal vez, en amor.
© Juana Fuentes
sin que comprenda cuál es la razón
que me incita a sentir que se agranda,
como lo hacen las obleas compactas
al simple roce de un jugo caliente.
Podría tratarse de las retinas
de un extraño que me velan y acechan
desde una ventana distante, pues incluso
estando lejos, me harían notar
el calor de saberme cobijada
en un cuerpo que no le es invisible
al mundo.
O tal vez ayer diera una moneda
a un indigente despojado que vino
entonces a vestirme, agradecido,
con todas sus desnudas bendiciones.
En ocasiones no existe una causa atinada.
Pero cuando tú me ves con tus ojos,
con tu mueca limpia y sonriente bañas
en vino mi alma sedienta,
que se expande vertiendo sus cenizas
en medio de todos esos océanos
que aclaran la tierra. Y presiento que no tendré
que cruzarlos todos para saber
que, sin ti, existir también es posible.
Porque ahora me basta
con que seas el pretexto preciso
para que mi corazón se contraiga
empapado en nostalgia, en poesía
y, tal vez, en amor.
© Juana Fuentes
lunes, 27 de enero de 2014
Y cómo hacer.
Proceder cómo
y conducirme,
si me hice árbol
cansado y yermo
que a los pájaros
grita en otoño.
Guardar qué espalda
podrá mi tronco.
Y por qué amar
o cómo amarme,
si me urdió légamo
la tierra y barro
intransitable
en donde nadie
podrá llenar
sus huellas huecas.
Si soy deseo
de sólo lluvia
en mi sollozo,
si el sol no anhelo
porque no quiero
que cegar quiera
mis pobres ojos.
Si seré barro,
árbol y lluvia.
Si del dolor,
de este dolor,
de mi dolor
sola yo me duelo.
Y cómo hacer
y ser bastante,
si sola yo me soy,
si a solas yo me habito.
y conducirme,
si me hice árbol
cansado y yermo
que a los pájaros
grita en otoño.
Guardar qué espalda
podrá mi tronco.
Y por qué amar
o cómo amarme,
si me urdió légamo
la tierra y barro
intransitable
en donde nadie
podrá llenar
sus huellas huecas.
Si soy deseo
de sólo lluvia
en mi sollozo,
si el sol no anhelo
porque no quiero
que cegar quiera
mis pobres ojos.
Si seré barro,
árbol y lluvia.
Si del dolor,
de este dolor,
de mi dolor
sola yo me duelo.
Y cómo hacer
y ser bastante,
si sola yo me soy,
si a solas yo me habito.
© Juana Fuentes
Photo: Sarolta Ban
lunes, 6 de enero de 2014
De óxido y hueso
Quizá siga siendo el amor
aquella conmoción borrosa
de mis primeros años:
retinas extraviadas entre juegos de manos
que sólo nublaba el reflejo
del barro de las calles.
Encontrar, al fin, ese ansiado roce
que, y sin comprender el motivo,
nos guiaba hacia la hondura salada
de un mar inesperado.
Incluso compartir una gastada
golosina sin advertir lo impúdico
aunque ingenuo de aquel improvisado gesto.
Y aún hoy cuando alguno de esos rostros
que tan atrás y entre aquellas tardes
se quedaron me asalta, me pregunto
si no existirá en ti y en lo que ahora ya eres,
en tu voluntad desarmada,
en tu felina placidez,
en tu seda insospechada,
aquel amor que habitaba
en esos pequeños cuerpos, ya desbaratados
por los años, sólo hechos
de óxido y hueso.
© Juana Fuentes
aquella conmoción borrosa
de mis primeros años:
retinas extraviadas entre juegos de manos
que sólo nublaba el reflejo
del barro de las calles.
Encontrar, al fin, ese ansiado roce
que, y sin comprender el motivo,
nos guiaba hacia la hondura salada
de un mar inesperado.
Incluso compartir una gastada
golosina sin advertir lo impúdico
aunque ingenuo de aquel improvisado gesto.
Y aún hoy cuando alguno de esos rostros
que tan atrás y entre aquellas tardes
se quedaron me asalta, me pregunto
si no existirá en ti y en lo que ahora ya eres,
en tu voluntad desarmada,
en tu felina placidez,
en tu seda insospechada,
aquel amor que habitaba
por los años, sólo hechos
de óxido y hueso.
© Juana Fuentes
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