Soy, tácitos amigos, el que sabe
que no hay otra venganza que el olvido
ni otro perdón.
Soy- Jorge Luis Borges
Invariable, el destino nos pretende
con su gélido abrazo;
rastrea como una hiena
en el hedor que el miedo ha cincelado
en los recuerdos
que ya inhumó nuestra memoria.
Qué innoble este destino,
que a veces nos traiciona.
Cómo intuir _ si no nos advirtió Dios _
que querría la vida resarcirse
de una culpa imaginaria o una deuda
inventada. Y cómo evitar, entonces,
agitarnos contra el odio que habrá
de injertarse, por caprichoso arbitrio,
como oblea bendita en nuestro pecho.
Quizá aflojamos tanto la costumbre
de esperar que la iniquidad pudiera
anegar los campos, que ahora, en medio
de la desolación, nada nos queda
sino fingir esperanza. Y acechar,
acaso, el regreso de aquella ley primitiva
en la que alguien, alguna vez, halló
un pertinaz consuelo.
©
Juana Fuentes
A veces consuela pensar que el daño que nos hacen lo pudiera sufrir quien lo ejecuta con la misma saña. Sin embargo, como es una utopía (yo hablo por mi), lo mejor es olvidar y seguir viviendo.
ResponderEliminarFormidable tu versar, Juana...el final de poema es, como poco, sublime.
Un beso enorme, poetisa.
Sí, querida Rocío, quizá debamos confiar en los sabios versos de los grandes poetas como Borges: "no hay otra venganza que el olvido ni otro perdón". Pero a veces duele, y duele mucho.Y al menos nos quedan las palabras.
ResponderEliminarGracias por las tuyas, generosas palabras, que siempre recibo con gran alegría.
Un beso.
Admirada Juana, es un gran poema, en el que, una vez más, nos muestras la profundidad de tus versos, la reflexión indispensable sobre cuanto nos atenaza o nos desvela. Un beso. Juan.
ResponderEliminarGracias, querido Juan María. Cómo se queda esponjada mi alma al leerte.
ResponderEliminarUn beso.